Al mundo le queda un misterio menos por resolver. Una expedición patrocinada por la National Geographic Society ha encontrado las Cataratas Escondidas del Tíbet, uno de los parajes naturales más buscados por el hombre y mejor guardados por la Cordillera del Himalaya.
La gigantesca catarata, de más de 30 metros de caída, fue localizada el pasado mes de noviembre por Ian Baker y un grupo de 8 compañeros siguiendo el curso del río Tsangpo, cerca de la aldea de Tangmal.
El hallazgo ha levantado una inusitada expectación en el curioso colectivo de los expedicionarios. El lugar se había convertido en mítico, y había quien apostaba que las cataratas formaban parte de la fabulación asiática y de los cuentos menos creíbles.
Se equivocaron. National Geographic Society anunció ayer su descubrimiento y pronto lo compartirá con sus fieles seguidores: un programa de televisión y un número especial de la revista dedicados a la cuestión.
Esta catarata ha sido durante más de 100 años el centro de relatos míticos sobre la existencia de dioses sagrados que vivían en las cuevas que rodean el cañón del Tsangpo.
El lugar es practicamente innacesible, situado entre profundos riscos que se esconden en la cordillera del Himalaya, con profundas caídas de docenas de metros que no han sido visitadas todavía por ningúnser humano.
Llegar hasta allí ha sido una tarea para superhombres. El río Tsangpo deja la altiplanicie del Himalaya y se cuela entre dos grandes picos de casi 7.000 metros de altura. Desde allí -y a través de parajes innacesibles, de cataratas todavía no descubiertas yde zonas donde nadie ha puesto el pie- inicia su descenso, de unos 150 kilómetros de longitud, y entra en la India como el gigantesco río Brahmaputra. Eso sí, después de haber bajado a través de la montaña unos 4.000 metros...
Secretos sin revelar
Sólo los cazadores tibetanos conocen desde hace siglos los secretos de estos parajes recónditos y no han querido nunca revelar el camino por el que se puede llegar. Gracias a que ha estado aislada durante todo este tiempo, la catarata está virgen, en su estado original, sin la marca de la civilización moderna y sus huellas de destrucción.
Los pobladores de la tribu monpa, que viven a los pies de la gran montaña, conocen los caminos secretos por los que se accede. Su oposición a desvelarlos forma parte de un último intento de preservar su cultura y el corazón de sus creencias: las Cataratas Escondidas.
A través de grandes acantilados y de zonas de selva que llevan a una red de pequeños valles, los cazadores entran en el lugar durante la primavera para peregrinar hacia los lugares donde se esconden, según dicen, los herederos de los dioses.
Siguiendo el curso del río Tsangpo se adentran en el corazón de la montaña a través de sus estrechos riscos para llegar a una zona del cañón donde montan sus campamentos para cazar.
Los tibetanos esperan días enteros hasta que aparece el takin, un animal muy raro, con cuernos, especie de un jabalí que es considerado un animal sagrado.
La fuerza del torrente, el entorno sagrado, un lugar oculto al hombre blanco... Para los monpa todo será distinto a partir de ahora.
«Es fascinante el haber encontrado las cataratas míticas que mucha gente pensaba que eran sólo cosa de literatura, de sueños», dijo Baker al revelar el hallazgo de esta caída natural de agua.
Profundidades del Himalaya
Por su tamaño, se pueden comparar con las cataratas del Niágara, y están consideradas como las más profundas de todas las que existen en el Himalaya.
Estas cataratas han formado parte de la leyenda desde que, en el siglo XIX, fueron el objetivo de varias expediciones que nunca pudieron localizarlas.
La última, de Francis Kingdon-Ward, tuvo lugar en 1924. El bueno de Francis abandonó en medio del frío y de la desilusión por no encontrar el lugar que buscaba. En su diario, este explorador británico escribió: «Las cataratas del Tsangpo probablemente no existen, son un mito creado por la imaginación de los hombres».
El viejo Baker llevaba más de tres décadas buscando la dichosa cascada y ha participado en siete expediciones anteriores sin suerte.
«Lo cierto es que son más grandes de lo que nos esperábamos y fue muy difícil descender hasta ellas», comentó, con un atisbo de orgullo en su voz, nada más culminar la hazaña.
Los exploradores tuvieron que bajar por una accidentada pendiente y descender a rappel más de 24 metros. Pasaron días calamitosos, situaciones en las que su vida corrió verdadero peligro y momentos de gran tensión.
Una vez situados ante la impresionante caída, Baker y su equipo utilizaron un sofisticado medidor de láser para calcular la medida de la catarata y determinaron que ronda entre los 30 a los 34 metros de profundidad.
Todo -las calamidades, el riesgo y el miedo- ha merecido la pena, dicen. Las Cascadas Escondidas ya han dejado de serlo.
Una obsesión desde la época victoriana
Desde la época victoriana, los exploradores de todo el mundo han intentado encontrar las Cataratas Escondidas del Tsangpo, en el Himalaya.
Los relatos de cazadores de bestias salvajes y de monjes budistas que se adentraban en estos lugares y después de años regresaban sin apenas cambios, como si el tiempo se paralizara en el interior de la montaña, atrajo la atención de los curiosos.
Las cataratas se convirtieron pronto en objetivo de exploradores británicos, que querían descubrir un paraje que consideraban el más oculto del mundo y el más difícil de conquistar.
La última gran expedición que se organizó para localizarlas fue en 1924, y el profesor Francis Kingdon-Ward se quedó a unos 300 metros de llegar hasta ellas. Cansado y sin comida, decidió abandonar su búsqueda cerca de las Cataratas del Arco Iris, el último punto al que descendió hace casi 75 años.
En los últimos años, el interés de los exploradores ha aumentado, coincidiendo con la decisión de las autoridades de China de conceder más permisos para que equipos occidentales lleguen a la zona. El pasado mes de noviembre, el miembro de uno de estos equipos, el norteamericano Douglas Gorden, murió ahogado cuando descendía en su kajak a lo largo del curso del río Tsangpo.
En el último intento ha habido algo más de suerte. Ken Storm, un viejo veterano de este tipo de viajes (ha estado en la zona otras cinco veces), asegura: «No creía en las cataratas y creía que los libros que decían que no existían eran correctos. Esto nos demuestra que los científicos, cuando nos dicen que algo no existe, lo mejor es continuar buscándolo. El descubrir una catarata como ésta en el siglo XX y en medio de uno de los lugares más inalcansables que se conoce es una sensación que no se puede repetir».
(Fuente: "Paralax Multimedia").




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